08 julio 2006 - Diario de un encuentro (10) - 8º día de la novena de la Familia

Paisaje con cruz al fondo
Ayer, 7 de julio, cuando, por fin, sólo quedaba un día para que Benedicto XVI viniera a Valencia, nos acercamos, aunque por otros motivos, a la zona donde, junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, se la elevado la cruz de Cristo, en el altar donde el Santo Padre llevará a cabo las dos esenciales presencias en esta ciudad del Túria: el testimonio de la familia de hoy, 8 de julio, a las 9 de la noche y la Eucaristía de mañana domingo, 9 de julio. A las 9’30 horas será la hora en la que el sucesor de Pedro presidirá este acto sacramental. ¡Por fin llegó el momento, tanto tiempo después de que Juan Pablo II...!, lo que todos sabemos.
Antes, como ya se ha anunciado, acudirá, como primer acto en Valencia, una vez aterrizado en Manises, a la estación de Jesús, donde la tragedia se cobró, ya, 42 vidas para la otra vida. Allí, junto a la oración y, seguro, las lágrimas, de miles de creyentes o no creyentes, elevará una súplica al Padre Eterno por las almas de estas personas. Con Él, aunque sea en la distancia, que la televisión acorta, estaremos todos, seguro estoy de eso.
Pero estaba escribiendo sobre el espacio que hemos visto ayer mismo. Caminando, desde el Oceanógrafico de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias te vas acercando hasta ese lugar donde todo se centrará y que convocará a miles, millón, quizá más, de personas. Como esos edificios del arquitecto Santiago Calatrava, más que conocido, valenciano por más señas y consciente de su fe, como yo mismo le he escuchado y leído, dan tal impresión que te dejan, literalmente, boquiabierto, hasta que no has avanzado bastante, pero bastante (¡cuánta impresión produce y cuánto recuerdo de la grandeza del Egipto de los faraones! porque hace grande a quien es capaz de semejante obra) no puedes ver dónde se encuentra la cruz que, incrustada, profunda y visible, en la columna que se ha construido, que no es más, ni menos, que la columna de la fe que, firme, se eleva al cielo. Pero una vez la contemplas, aunque sea en la distancia ya que, por motivos de seguridad, no nos han dejado avanzar más allá del puente que une las orillas del río Túria que se sitúa entre los edificios del arquitecto nombrado antes, digo que, una vez la contemplas sólo puedes creer, más aún, en Dios, en la fe que nos infunde en el corazón, en la huella que seguimos, en la espada que atravesó el corazón de María, como le profetizó Simeón.
El puente está engalanado con los colores del vaticano, con esos colores amarillo y blanco que tanto pueden verse por Valencia y por muchos pueblos de esta Comunidad nuestra en la que tratamos de arraigar nuestra existencia. A pesar de las campañas, que esperemos no acaben enturbiando el ambiente de fiesta que se vive, plenamente, con la llegada de miles de peregrinos de lejos de esta nuestra tierra, mi tierra, como dice Nino Bravo, el gran recordado, digo que, a pesar de esas campañas, estoy seguro que, según lo visto, que, poco a poco se ha ido elevando la temperatura de la fe, todo se desarrollará con la normalidad requerida: fe, fe, fe, y recuerdo, amor, entrega al que lo necesita, sombreros de todas clases para evitar el calor que, en esta época del año, atrae a tantos turistas pero que.... ¡vaya con el Lorenzo!, y todo el equipaje que nuestras creencias puedan aportar para vivir estos momentos que, a lo mejor, no volvemos a vivir en mucho tiempo.
¡Aún están a tiempo para venir, aún quedan unas horas para que todo empiece, para que, quizá, se marquen a fuego de amor, en el corazón de muchas personas, estos momentos!. Seguro estoy de que alguna que otra persona cambiará el rumbo de su existir porque le tocará alguna fibra sensible que le supondrá un replanteamiento de su vida. Ya lo verán, cuando con el tiempo se haga balance de esta visita. Más de una persona ya no podrá continuar con tal o cual proyecto porque habrá nacido una vocación que estaba esperando el momento para ser despertada, allí escondida o agazapada a la espera de un mejor momento del alma. Digo esto porque, a lo que parece, siempre pasa, según nos cuentan, que algunas, muchas veces muchas, cambian el modo de vivir por otro que, ahora y desde ese momento, es mejor para ellos. Eso creen, y yo también, pues es Dios el que les ha revelado eso y, ante esa revelación, ¡qué difícil ha de resultar oponerse!.
En cuanto al ambiente que puede percibirse, los grupos de peregrinos, que están llegando por todos los medios posibles (tren, autobús, avión, coches particulares) dan una alegría que tiene difícil parangón, que llenan las calles, todas, de Valencia. Menos mal que esta ciudad está acostumbrada a esa avalancha que se produce, todos los años, en las fiestas de S. José, más conocidas como las fallas, a las que acude, seguramente, más cantidad de personas. Sin embargo, las que nos visitan ahora lo hacen por un motivo que es, como diría yo, distinto pues a las ganas de acudir a este acontecimiento que está a punto de suceder, lo que les mueve es una fe y una creencia en la Familia digna de destacar. De otra forma no se entendería el esfuerzo, y no sólo económico, que están haciendo. Desde aquí, desde esta pantalla de ordenador, agradezco mucho lo que hacen y estoy seguro que Dios se lo agradecerá cuándo y cómo corresponda a cada uno. La paga de esto, de todas formas, ya la tienen adelantada al querer venir, al desear sentir lo que van a sentir. Esto, creo yo, es un buen adelanto.
Poco me queda por decir. Desde ese paisaje con cruz al fondo donde destaco el fondo mismo, tan sólo digo que hoy, cuando, sobre las 9 de la noche, Benedicto XVI suba al lugar que le tienen reservado, muchas personas, entre las que me encontraré yo mismo, seguramente, no podremos evitar que algunas lágrimas nos rediman de tanta espera, sean, para nosotros, un dulce fruto de nuestra fe.
Es así como sigue este diario. Día 8º de la novena de las Familias:
8 de julio de 2006, sábado, festividad de Sta. Priscila
Eleuterio Fernández Guzmán
Laico y Licenciado de Derecho
Ayer, 7 de julio, cuando, por fin, sólo quedaba un día para que Benedicto XVI viniera a Valencia, nos acercamos, aunque por otros motivos, a la zona donde, junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, se la elevado la cruz de Cristo, en el altar donde el Santo Padre llevará a cabo las dos esenciales presencias en esta ciudad del Túria: el testimonio de la familia de hoy, 8 de julio, a las 9 de la noche y la Eucaristía de mañana domingo, 9 de julio. A las 9’30 horas será la hora en la que el sucesor de Pedro presidirá este acto sacramental. ¡Por fin llegó el momento, tanto tiempo después de que Juan Pablo II...!, lo que todos sabemos.
Antes, como ya se ha anunciado, acudirá, como primer acto en Valencia, una vez aterrizado en Manises, a la estación de Jesús, donde la tragedia se cobró, ya, 42 vidas para la otra vida. Allí, junto a la oración y, seguro, las lágrimas, de miles de creyentes o no creyentes, elevará una súplica al Padre Eterno por las almas de estas personas. Con Él, aunque sea en la distancia, que la televisión acorta, estaremos todos, seguro estoy de eso.
Pero estaba escribiendo sobre el espacio que hemos visto ayer mismo. Caminando, desde el Oceanógrafico de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias te vas acercando hasta ese lugar donde todo se centrará y que convocará a miles, millón, quizá más, de personas. Como esos edificios del arquitecto Santiago Calatrava, más que conocido, valenciano por más señas y consciente de su fe, como yo mismo le he escuchado y leído, dan tal impresión que te dejan, literalmente, boquiabierto, hasta que no has avanzado bastante, pero bastante (¡cuánta impresión produce y cuánto recuerdo de la grandeza del Egipto de los faraones! porque hace grande a quien es capaz de semejante obra) no puedes ver dónde se encuentra la cruz que, incrustada, profunda y visible, en la columna que se ha construido, que no es más, ni menos, que la columna de la fe que, firme, se eleva al cielo. Pero una vez la contemplas, aunque sea en la distancia ya que, por motivos de seguridad, no nos han dejado avanzar más allá del puente que une las orillas del río Túria que se sitúa entre los edificios del arquitecto nombrado antes, digo que, una vez la contemplas sólo puedes creer, más aún, en Dios, en la fe que nos infunde en el corazón, en la huella que seguimos, en la espada que atravesó el corazón de María, como le profetizó Simeón.
El puente está engalanado con los colores del vaticano, con esos colores amarillo y blanco que tanto pueden verse por Valencia y por muchos pueblos de esta Comunidad nuestra en la que tratamos de arraigar nuestra existencia. A pesar de las campañas, que esperemos no acaben enturbiando el ambiente de fiesta que se vive, plenamente, con la llegada de miles de peregrinos de lejos de esta nuestra tierra, mi tierra, como dice Nino Bravo, el gran recordado, digo que, a pesar de esas campañas, estoy seguro que, según lo visto, que, poco a poco se ha ido elevando la temperatura de la fe, todo se desarrollará con la normalidad requerida: fe, fe, fe, y recuerdo, amor, entrega al que lo necesita, sombreros de todas clases para evitar el calor que, en esta época del año, atrae a tantos turistas pero que.... ¡vaya con el Lorenzo!, y todo el equipaje que nuestras creencias puedan aportar para vivir estos momentos que, a lo mejor, no volvemos a vivir en mucho tiempo.
¡Aún están a tiempo para venir, aún quedan unas horas para que todo empiece, para que, quizá, se marquen a fuego de amor, en el corazón de muchas personas, estos momentos!. Seguro estoy de que alguna que otra persona cambiará el rumbo de su existir porque le tocará alguna fibra sensible que le supondrá un replanteamiento de su vida. Ya lo verán, cuando con el tiempo se haga balance de esta visita. Más de una persona ya no podrá continuar con tal o cual proyecto porque habrá nacido una vocación que estaba esperando el momento para ser despertada, allí escondida o agazapada a la espera de un mejor momento del alma. Digo esto porque, a lo que parece, siempre pasa, según nos cuentan, que algunas, muchas veces muchas, cambian el modo de vivir por otro que, ahora y desde ese momento, es mejor para ellos. Eso creen, y yo también, pues es Dios el que les ha revelado eso y, ante esa revelación, ¡qué difícil ha de resultar oponerse!.
En cuanto al ambiente que puede percibirse, los grupos de peregrinos, que están llegando por todos los medios posibles (tren, autobús, avión, coches particulares) dan una alegría que tiene difícil parangón, que llenan las calles, todas, de Valencia. Menos mal que esta ciudad está acostumbrada a esa avalancha que se produce, todos los años, en las fiestas de S. José, más conocidas como las fallas, a las que acude, seguramente, más cantidad de personas. Sin embargo, las que nos visitan ahora lo hacen por un motivo que es, como diría yo, distinto pues a las ganas de acudir a este acontecimiento que está a punto de suceder, lo que les mueve es una fe y una creencia en la Familia digna de destacar. De otra forma no se entendería el esfuerzo, y no sólo económico, que están haciendo. Desde aquí, desde esta pantalla de ordenador, agradezco mucho lo que hacen y estoy seguro que Dios se lo agradecerá cuándo y cómo corresponda a cada uno. La paga de esto, de todas formas, ya la tienen adelantada al querer venir, al desear sentir lo que van a sentir. Esto, creo yo, es un buen adelanto.
Poco me queda por decir. Desde ese paisaje con cruz al fondo donde destaco el fondo mismo, tan sólo digo que hoy, cuando, sobre las 9 de la noche, Benedicto XVI suba al lugar que le tienen reservado, muchas personas, entre las que me encontraré yo mismo, seguramente, no podremos evitar que algunas lágrimas nos rediman de tanta espera, sean, para nosotros, un dulce fruto de nuestra fe.
Es así como sigue este diario. Día 8º de la novena de las Familias:
8 de julio de 2006, sábado, festividad de Sta. Priscila
Eleuterio Fernández Guzmán
Laico y Licenciado de Derecho


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