07 julio 2006 - Diario de un encuentro (9) - 7º día de la novena de la Familia

Entre el amor y la paz
Ayer, 6 de julio de 2006, volví al stand del que ayer hice mención. Sin embargo, no han sido tantas horas sino que la cosa se ha limitado a 4, algo más de la mitad de ellas.
Ayer hubo un principio y un fin.
Las sensaciones de alegría han vuelto a producirse aumentadas porque, la verdad, es que la asistencia de personas era impresionante. Menos mal que la Feria de Valencia tiene unos locales inmensos, casi gigantescos y eso hace que el agobio no sea tanto como podría serlo.
He dicho que en el día de ayer hubo un principio y un fin. Esto ha dado lugar a que el título me viniera hecho. Entremedio de este principio y fin hay todo un discurrir de imágenes que llenarían el corazón de la persona más exigente, de aquel que necesite de muchas sensaciones agradables para sentir que su vida tiene sentido. Muchas caras conocidas, las de aquellos que estaban a cargo de los stands que, lógicamente, eran las mismas personas. Parece mentira que, en tan sólo unos días, puede entablarse cierta amistad que facilita el trato en ese especial ambiente que describí ayer y que percibo hoy igual pero nuevo, lo mismo pero otra cosa. No se si se me entenderá.
Pero voy con lo primero, con el principio. Acompañando a mi hijo a la parte de la Feria Internacional de las Familias dedicada a ludoteca hemos pasado por una parte en la que se puede jugar a fútbol, ese deporte en el que personas con el uso de sus extremidades de forma normal, por así decirlo, van detrás de un balón. Pues bien, en el día de hoy hemos podido asistir, digo en plural, a un ejemplo de cómo el cristiano puede acoger a aquellos que carecen de esa “normalidad” que todos entendemos como tal.
Allí, en aquel recinto no muy grande se desenvolvían 9 jóvenes, unos más y otros menos, claro. Sin embargo, estos jóvenes iban en silla de ruedas, unas sillas muy especiales, adaptadas a la problemática con la que todos contaban. Entre ellos se veían algunos que padecían alguna enfermedad física pero la mayoría eran, era obvio, lo que se llama “discapacitados síquicos”. Esto, lo puedo asegurar, acentuaba la importancia de lo que estábamos viendo y disfrutando. A esto yo lo llamo amor, amor por aquel que necesita del mismo, de aquel que se ve necesitado de ayuda, de aquel que ruega una mano que le alcance el stick (no sé si se escribe así, pero me refiero a ese instrumento que se utiliza en el hockey sobre patines) cuando, tras una jugada no muy rauda, eso sí, ha caído ese objeto con el que, a veces infructuosamente, trata de alcanzar la pequeña pelota.
No sé cómo se llama este deporte, esforzado por cada uno de los participantes, pero sí sé lo que supone. Supone, creo yo, el palpable espíritu del Espíritu, de la obligación cristiana de ayudar al que lo necesita, de ver, en esas personas, una buena oportunidad de darse, de entregar tu tiempo, de dar sin esperar nada a cambio, como bien podemos entender. Este deporte debería ser olímpico (ignoro si lo es) pero no de la olimpiada al uso sino de la olimpiada de la vida, de la que sólo se gana si se pierde: la vergüenza ante el respeto humano, el tiempo entregado, el corazón que te roben estas personas, quizá otra vocación que se prefería. Pero ese perder es ganar para el Reino de Dios porque sólo haciendo efectividad de los prodigios evangélicos del Jristós podemos decir que cumplimos esa voluntad que traía de parte del Padre.
Esto es, para mí, el amor del título de este diario, el amor que es caridad porque la caridad es la Ley suprema del Reino de Dios al que aspiramos y en este ejemplo tenemos modelo que seguir, que tomar como luminaria que ilumine nuestro posible camino egoísta. Pensar en la donación de las familias directas de estos jóvenes evitará cualquier tipo de comentario. Pero había más, hubo más en este 6 de julio de 2006.
¿Qué mejor que dar paso a la otra imagen (en este caso con sonido incluido) que, ya al final de este día pasado, me ha hecho pensar que esta Feria Internacional de las Familias está llena, siempre, de sorpresas a cada cual más agradable y llenadora de corazones.
En el Ágora, lugar multiusos donde tiene asiento toda celebración festiva, ha tenido lugar (¡lástima que no me haya dado cuenta antes!) un concierto de jóvenes que, con instrumentos de cuerda, batería y acordeón –ignoro el nombre del grupo- han dejado fluir de aquellos música que, a mí, me parecía judía y que hablaba, a tenor de lo dicho por uno de ellos, de paz. Shalom, más o menos escrito, sin esos signos a modo de acento hebreo.
Particularmente, por motivos religiosos y de otra clase tengo un especial interés por este tipo de música, por la cultura judía y por todo lo que la rodea. Creo que el pueblo judío, aquellos primeros nosotros, tiene algo más en común con los cristianos que sólo el Antiguo Testamento, que ya es mucho. Ahora no es el momento de decir nada de esto, pero las relaciones judeo-cristianas se encuentran entre uno de mis temas favoritos, que, con delectación devoro cuanto llega a mis manos sobre este tema. Como el propio Santo Padre Benedicto XVI tiene algunas cosas dichas sobre esto nada mejor que produndizar en este gusto que, reconozco, a lo mejor es muy particular y, por eso mismo, subjetivo (siendo esto una redundancia de fondo).
El caso es que, al final de estas piezas musicales en las que el violín, ese instrumento que tantas reminiscencias judías nos trae al escucharlo, juega un papel destacado, salieron unos niños que desplegaron una pancarta en la que, recortado el rostro del niño Jesús que contiene el icono hecho por Kiko Argüello para estos encuentros mundiales de la Familia y que, por cierto, se encuentra en el Ágora citada, podía leerse la siguiente frase: “Gracias, Señor, por haber nacido”. Dios, Creador, Dios Padre, Dios nuestro. ¡Qué más decir mejor!. Esta especie de cartel, llevado a manos de niños, a los que acompañaban una buena cantidad de otros, más pequeños y más grandes, ha acabado de redondear la escena. Los aplausos, que seguían, esa es otra, el ritmo de aquella pieza musical que hablada, directamente, de paz y que tuvieron que repetir, sonaron, digo, los aplausos, de forma estruendosa. ¡Qué imagen, qué recuerdo para acabar el día ferial!.
Por esto digo que el título que, como siempre, me ha sido dado sin esfuerzo por mi parte, sin tener, si quiera que buscarlo pues la propia realidad en la que estaba yo inmerso me lo da, es el que es: entre el amor y la paz. Entre una cosa, adorable seno de Dios y la otra, ejemplo a seguir por el hombre, mandato del Padre, tan sólo queda esperar a que pase, rápida pero sentidamente, este día viernes, de esta semana tan especial, tan especial, tan especial (y no me he equivocado al repetirlo) porque mañana sábado, 8 de julio de 2006, más o menos a las 11’30 de la mañana llega al Aeropuerto de Manises, casi a tiro de piedra de Valencia, Benedicto XVI. Antes, sobre las 8 de la mañana, en Torrent, pueblo donde vivo, el Cardenal Rouco Varela presidirá una Eucaristía para todos los que quieran asistir, claro, pero, entiendo que, sobre todo, para los peregrinos, ¡unos 6.000!, que han ido a recalar a Torrent, ciudad tan maltratada esta semana por el accidente del metro de Valencia y que tantas oraciones ha de haber recibido de parte de muchos desconocidos pero que, haciendo eso, acompañan en el amor fraterno a los que sufren. Seguramente, como no puede ser de otra forma, habrá un recuerdo para los fallecidos a los que ya imagino en el seno del Padre pensando que, allí, no se está tan mal. Eso espero yo, que así sea.
Bueno, en este día, 7 de julio, fiesta en otro lugar de España donde, con cierta temeridad, afrentan a los astados, también, aquí, junto a este Mediterráneo que es tan nuestro, esperamos, con alegría, la oración del Santo Padre en el lugar del suceso, ¡esa estación por la que tantas veces paso yo mismo!. Así, también así, demostrará ser Padre de sus hijos cristianos, o acompañante en el dolor a los que no lo sean, y Santo porque sólo los Santos fomentan el amor y la entrega.
Amén.
Es así como sigue este diario. Día 7º de la novena de las Familias:
7 de julio de 2006, viernes, festividad de S. Fermín.
Eleuterio Fernández Guzmán
Laico y Licenciado de Derecho


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